Balada para mi corazón

9:35 hs, mi casa en Buenos Aires. Una mañana de tranquilidad hermosa y soledad.

Hace días que saqué mis viejos diarios y los dejé en la mesa de luz. Quería ir releyéndolos, recobrando de a poco el gustito del pasado. Empecé con los primeros, los que todavía contaban aventuras felices y viajes. Esta mañana agarré este, el último, el que me acompañó en los peores momentos y también en la vuelta. Recuerdo la valija en la casa de mis padres, esa que después del regreso mantuve cerrada durante mucho tiempo. En  esa valija también había archivado este diario junto con el resto de la ropa y regalos de tantos amigos y tantos años. Me daba miedo. A pesar del tiempo, me seguía hablando de cosas que no quería recordar y que tampoco quería entender. Sigo sin comprenderlas del todo hoy. Pero hace un mes empecé al menos a hacer las paces con algunas.

Con haberme ido feliz y haber vuelto destrozada.

Con todo lo que crecí y aprendí de mi.

Con todos a los que les rompí y  me rompieron el corazón, entendiendo que yo tampoco lo cuidé. Al final los dos lo terminamos defraudando.

Desde que volví a Buenos Aires mi corazón a veces patalea. Se ahoga, se desboca, le falta el aire. Le falta alguien. Después de haberlo expuesto tanto, ya no confía en mí para sanarse. Pero estamos retomando el dialogo. De a poco y “a fuego lento” como decía esa canción que escuchaba mi prima mayor y que tanto me gustaba de chica.

Ayer hacía zapping en casa. Estaban pasando la película de Gilda por la tele. Contaban su historia y la mostraban componiendo en pijama sus grandes canciones. “Se me ha perdido un corazón”, esa canción que me  marcó la niñez y la de toda una generación. La película empieza con un ataúd, el de ella. Llueve y la gente llora.

Hace pocos días se murió la mamá de mi hermana Moño, una de mis amigas de sangre, de toda la vida. Y mi corazón está, desde entonces, desesperado.

Sé que está acá conmigo porque no se queda quieto. Se me oprime en el pecho para recordármelo. Yo, a diferencia de a otros a quienes seguro no pude, intento apoyarlo, sostenerlo.

Ablandar mi cuerpo para que reciba sus patadas sin romperse.

Entonces mis músculos se comprimen y endurecen. Me duele todo. Los nudos en la espalda se transformaron en pequeños cuervos que se alimentan de mi carne. Y yo les resisto para demostrarle a mi corazón que vale la pena quedarse conmigo.

Les resisto para recordarle que armé esta casa hermosa en el barrio donde nació,

llena de muebles de colores.

De plantas que amanecen con nosotros y

nos acompañan en la noche

durmiendo adentro y al lado de nuestra cama.

Donde el ukelele, que me compré hace tiempo y también había dejado arrumbado como la valija que me trajo de vuelta, ahora está libre y fuera de su estuche casi todo el tiempo.

Descansa feliz en cualquier lugar de la casa.

Cada vez que entro y lo veo tengo la sensación que los dos nos estuvimos esperando todo el día. Entonces lo agarro y nos sentamos cerca de las plantas a tocarles las pocas canciones que aprendí.

También construí esta casa para que mi corazón entienda que no estamos solos.

La cámara de fotos también nos acompaña, ahora que por fin la reparé después de someterla por mucho tiempo al mismo destierro inútil.

Entonce siento, corazón, que de a poco vas entendiendo.

Que te convenzo de que vale la pena quedarte acá conmigo. Con todos los que forjamos este nuevo hogar en Buenos Aires.

Ya sé que a veces seguís llorando y pensando en los que no se quedaron.

Pero te prometo que todo va a estar bien. “Sólo tené paciencia” como decía esa tarjeta que me regaló una vez mi abuela y que pegué en la puerta de mi habitación de la infancia.

El próximo que venga será libre de deambular e irse cuando quiera, como lo somos vos y yo y todos los seres de la casa.

El próximo que venga deberá convencerte, como me esfuerzo yo por demostrarte todos los días, que el amor es lo único que sobrevive.

Que cuando nuestro cuerpo sea entregado a las llamas o a la tierra,

el amor que dimos y nos dieron es lo único que quedará en el mundo.

Que vale la pena, corazón, todo lo que quisiste y no te quisieron.

Porque algunos te amarán siempre. Empezaré yo.

Y los cínicos que repudian el romance, que vivan en la copa de los árboles escupiendo odio y saliva.

Los rayos les llegarán primero allá en lo alto. Y las cenizas se las llevará el viento.

Ningún animal ni la tarde los recordará.

Entonces, corazón

quedate cerca mio y en mi casa.

Que yo me voy a acostar con vos todas las noches en esta cama.

Te voy a entrelazar los dedos de las manos.

Y el próximo que venga abrazará nuestro abrazo.

Y no tendremos que convencerlo de nada porque será un ser libre como nosotros.

Amará la vida.

Comprenderá que, aunque no recibamos lo mismo, nada de lo que damos se pierde.

Que nada es en vano.

Que nuestro amor quedará flotando en el mundo

después de que vos y yo, corazón

ya no volvamos a vernos.

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Un panzaso de película

Una excelente amiga que vive en Alemania me pidió hace un mes un favor. Como me suele pasar dejé correr los días entre el trabajo y la nueva vida argentina y los compromisos con mi parte europea se dilataron. La cuestión y el favor que me pedía mi amiga eran así: en el bar donde ella trabaja están haciendo una exposición sobre qué es Europa para cada uno. “Yo por ejemplo”, me dijo en su primer mensaje, el primero antes de escribirme este otro: “y, ¿pensás mandarme algo chiquito para nuestra exposición?” y yo morir de vergüenza y estupidez. Entonces, en su primer mensaje me explicaba: “Yo por ejemplo agarré una foto y escribí una anécdota abajo…entonces, para vos, ¿qué sería Europa?” . Le prometí que este fin de semana sin falta le mandaba algo, algo escrito claro, porque a mi me gusta escribir. Da la casualidad -o no- de que en dos días cumplo 30 años (no sé si tiene que ver pero me acordé y lo escribo así me entretengo buscando más coincidencias, algo que me encanta). En realidad más que eso, lo que quiero resaltar como casualidad es que hace unos días se cumplió un año desde que decidí volver y dar fin a mi “etapa europea”. Y hasta ahora nunca me había puesto a pensar qué es Europa para mi. Hago un primer intento a continuación. Por mi amiga sobre todo. Por su exposición, que ojalá le dé suerte y color a su rutina laboral. Por el helado gratis y el vino espumante que prometió su jefa para los que un día lleguemos al bar a visitarla :).

 

Para mi Europa fue un primer paso. Nací y siempre había vivido en Buenos Aires (Argentina), ciudad que adoro y que, ahora entiendo, nunca dejé de querer. Pero un día lo que más quise fue irme, descubrir el “mundo”. Y ese mundo para mi empezaba en Europa. Más precisamente en Francia. Así que allá me fui hace 3 años cruzando el gran charco atlántico. Recuerdo el día que aterricé en París Charles de Gaule con una valija grande, un bolso de no más de 10 kg cuidadosamente contados para no pagar excesos, una mochila y un celular viejo que aún sólo servía para hablar y escribir mensajes. Llegué a Europa con una netbook que andaba lento y un celular sin internet que desalentaba cualquier posibilidad de comunicarme con nadie que no estuviese en Argentina. Llegué también con unas ganas increíbles de devorarme el mundo. De vivir “el sueño europeo”, como mis abuelos -españoles emigrados de Galicia y Asturias- habían querido vivir “el sueño americano”. Entonces, para mí, Europa también fue un sueño. Un duelo con mi yo del pasado. Una promesa de un yo futuro adulto (en el mejor de los casos). De un yo seguro de poder hacer todo solo. Y seguro de aceptar la soledad aún sin quererla. Lo que encontré al irme no puedo decirlo rápidamente ni en un solo espacio (este). Entre la que llegó y la que se fue (porque hace un año que volví a Argentina), las etapas que se sucedieron fueron muchas y no todas me gusta recordar. No me quejo. También eso había ido a buscar. Una prueba, que como todas, implica de algún modo alguna cuesta arriba, alguna quemazón de los muslos. También encontré amor, en todas sus formas. Historias, recuerdos, anécdotas de todos los sabores, paisajes y colores. Gente. Seres humanos que me cambiaron, que me quisieron, que me dieron todo o nada según como quise verlo. Europa fue y aún hoy es alegría. Miedo. Ternura. Dolor. Un camino abierto a todo. Y yo todo lo tomé. Para bien o para mal. Hoy la recuerdo como supongo recordaré a mis padres cuando ya no estén. Como supongo me recordaré cuando tenga yo mis propios hijos a quienes decirles que ojalá un día se vayan lejos. Que vuelvan -ojalá- para contarme sus historias como yo se las conté a los míos. Como hice también con los amigos que con amor y paciencia me esperaron para abrazarme como si nunca me hubiese ido. Como si nunca les hubiese faltado cuando la pasaron mal o bien y yo no estuve. Que vuelvan, como yo volví, a acá o a donde crean que sea preciso volver, para contar sus historias que es de lo que está hecha para mi la vida. Europa fue para mi un panzaso a la vida. Un chapuzón de película. La posibilidad de otra lengua y otro rostro que me había prometido hace mucho . Porque desde chica supe que un día me iba a ir. Y hasta ahí llegaba el mapa, lo que había planeado para mi. Después ya no sabía más nada. Nunca llegué tan lejos porque siempre me costó planear.  Así que cuando después de tantas aventuras y amores el suelo se esfumó, cabecié la  linea del horizonte y me quedé sin plan. Apareció el abismo, la posibilidad de una caída. Al final me caí. Y entonces Europa se transformó a su vez en la prueba de que también soy esa, la que puede volver a levantarse.

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La puerta azul del primer departamento que alquilé cuando llegué a París.  Está en Montmartre, el barrio que resume hasta hoy uno de los sueños más lindos que tuve.

 

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Reflexiones en el avión

En algún espacio aéreo, sobre el sudoeste de África y la invasión del Atlántico…

En Argentina eran las 18 hs. Lo calculé después pensando en el último número que vi en el celular antes de apagarlo, o ponerlo en “modo avión” que es lo mismo. Despegamos  del aeropuerto de Roma a las 19 hs., horario local y europeo. Ya estaba oscuro fuera y dentro del avión y le pregunté a la señora que tenía al lado si le molestaba que encendiera la luz. No la recordaba tan brillante y me dio una vergüenza que se expandió a los asientos contiguos que ahora quedaban también bajo el espectro de luz. A nadie le importan estas cosas en un avión. La luz y las horas raramente coinciden. La gente duerme, mira películas, descansa sin criterio ni formalidades. A esa altura del espacio aereotemporal yo ya me había tragado dos películas: “Antes del atardecer” y “Juno”. Todo lo que me puse a pensar después, el pedido de luz a la señora, la vergüenza inicial y el ensimismamiento en el que me acomodé a continuación fueron todos hechos inevitables y necesarios para pasar mis horas informales.

No suelo ponerme a pensar en las relaciones más allá de las que tuve y no funcionaron. Empecé de chica a intentar enamorarme, a detectar esas señales de las que todos hablaban cuando se habla de amor. Con el tiempo me di cuenta de dos cosas: que los “por qué” en mi a veces parecen infinitos y que hay diferentes tipos de amor. Esto pudo haber sido una revelación, como lo fue el día que me di cuenta que el borra tintas que me hacían comprar para el colegio borraba el trazo sólo momentáneamente. Después de unos días la tinta siempre resurgía esfumada como si le hubiesen tirado un baldazo de agua. Me sucede lo mismo con algunas relaciones que tuve que tienen la capacidad de volver después de terminadas a carretear en la pista del recuerdo, dejando fantasmas y estelas ocasionales. Esas que intenté en su momento borrar y a veces resurgen de algún fondo a tomar un poco de aire.

Las amistades que tengo saben que sé mejor ser amiga que pareja, como si esa parte del manual me hubiese llegado intacta y la otra medio comida por el famoso perro. Quizás sólo tuve suerte y el hecho de que casi nunca haya problematizado la relación con mis amigos sea más gracias a sus cualidades que a las mías.

Hay otro tipo de relaciones que me llevó más tiempo desnaturalizar para procesar y tratar de entender. La familia es un fenómeno extraño al que nos acostumbramos incluso antes de descubrir lo que nos gusta y lo que no. En mi experiencia, muchas veces la familia podría bien ser o una coctelera de emociones sacudida fuera de los horarios de apertura o una fila de volcanes que erupcionan a destiempo intentando tapar las cenizas con más cenizas. En la mía como en la de todos existen anécdotas que cada tanto alguien de la familia cuenta en voz alta y para todos. En mi caso, dice la historia que un día estando en el ascensor con mi mamá y mi tía dije que nunca iba a poder ser feliz con “esa” familia. El comentario pintoresco quedó grabado a fuego en el recuerdo no sólo por las risas causadas pero creo también por las dudas que sembró.

Toda familia es a su modo un caos que encuentra por momentos una dinámica infalible ya sea para arribar a buen puerto o seguir a la deriva. Por mucho tiempo pensé que a la mía le faltaba algo pero pasó todavía más tiempo y nunca conocí a una familia ordenada. Entendí entonces que quizás ese era el estado natural de las cosas y que cada miembro es parte esencial del desorden. A su modo, cada uno intenta seguir siendo quien es y no perderse en el encontronazo de las personalidades. Tampoco sé si hay familias que se aceptan entre sí unos a otros tal cual son, más bien sobretodo pienso que no es posible. La edad, las vivencias de cada integrante van contribuyendo inexorablemente a ciertas separaciones.  Y sin embargo, nada de todo esto impide según mi experiencia que surja el amor.

Yo que siempre quise entender por qué no funcionó, por qué a veces quiero inexplicablemente a ese que no es como yo, que no cumple del todo mis expectativas, que seguramente no aceptaría como amigo por la falta de cosas y sueños en común, en algún no lugar del mundo me di cuenta que a mí la familia me enseñó también a querer inexplicablemente. Con y a pesar de todo.

A intentar ser paciente cuando el otro no puede seguirme el paso.

A no vivir del pasado, que toda familia -y toda relación- tiene metido en un baúl como ese que teníamos con mi hermano para guardar el desorden y los juguetes.

A no dar el brazo a torcer nunca y a seguir peleando aunque sea entre nosotros porque la recompensa al final de la película son los abrazos, como esos que a veces le da el sol a al tierra después de la lluvia.

Como me dice mi viejo: “No todo en la vida se puede planear”. Le diría a la nena que fui en el ascensor que al final tuvo razón y no. Que sería inesperadamente feliz a veces y otras no.  Que aunque intentara entender no siempre lo lograría. Y que lo inexplicable también forma parte de la vida.

“A veces perder el equilibrio por amor también forma parte de vivir una vida equilibrada”.

Una frase que robé de una película cuyo nombre no recuerdo pero que seguro hubiese visto también en el avión para apagarle de una vez la luz a la señora y a los demás que me prestaron su amabilidad, robándole a las sombras el sueño.

 

Para mi familia, a la que quiero sabiendo por qué. Y también sin saber.

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Más de 1 una vez me fui de casa

Hace un año y tres meses me bajé del tren en Génova y todos los carteles hablaban tu lengua.

En realidad primero me bajé en Ventimiglia y ahí le mostré el billete al controlador que me dijo barriendo el aire con la mano que “tutto bene” y que me suba para hacer la conexión. El tren que me llevó a Ventimiglia me lo tomé después de arrastrar la valija despacio para no hacer ruido desde lo de Octavio al bar que ya había fichado el día anterior. Lo de hacer ruido con las rueditas de la valija es algo que de algún modo descubrí que me da mucha vergüenza. Como si en la calle los únicos ruidos permitidos fueran los de los autos y la gente. Y lo de fichar bares descubrí también que me encanta, no lo puedo evitar. Cada vez que llego a algún lugar ya sé a dónde voy a ir a escribir, a desayunar, a invitar a alguien. A veces me sale mal aunque en general tengo buen ojo. Esa vez no y me cobraron muy caro por un desayuno que me dejó con pocas ganas de volver así que me fui a la estación a tomarme el tren, el primero a Italia desde que instalé mi vida en Europa.

Lo único que voy a decir del tren que me llevó por primera vez a tu casa

Lo único que voy a decir del tren que me llevó a Génova es que conocí a un ser andrógino, blanco y tan largo como a mi no se me hubiese ocurrido nunca ser. Tenía un pelo negro que cuidaba con una raya al medio de la que seguro no tenía que preocuparse nunca. Era muy joven y no recuerdo su nombre pero sí que era modelo, que le gustaban los chicos y que ya le habían roto el corazón como a todos. Pero lo seguía teniendo y era de los buenos. A mí me dijo que yo le gustaba porque era linda pero sin esforzarme, que se notaba en los pantalones floreados y sueltos. Y que tuviera cuidado en Génova, que el barrio histórico podía ser complicado pero que todo iba a estar bien y que no me preocupara. Ahora me acuerdo que se llamaba Dominique. Lo abracé cuando lo dejé. Pensaba que seguro habíamos molestado bastante a las otras personas que viajaban en el compartimento con nosotros porque nadie decía una palabra, quizás porque nosotros nos las habíamos ya devorado todas. Era medio día cuando me bajé en la Stazione Principe di Genova. Dominique se asomó para fumar un pucho antes de que el tren siguiera y para saludarme desde arriba. Arrastraba yo la valija de nuevo cuando me iba sonriendo pensando que la primera aventura del día ya había pasado. Entonces empecé a ver los carteles en italiano y pensé que realmente lo había hecho. Había llegado y no hablaba una puta palabra del idioma. Entonces supe que Francia ya no era un desafío. Supe que después de 2 años, había vuelto a irme de casa.

 

 

 

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En Génova ibamos pateando el amor

Cuando bajé del tren, todos los carteles hablaban tu lengua

Cuando me bajé del tren, no fue en tu ciudad. Venía de lo de un amigo que hacía un año se había mudado a Niza. Antes de conocerla Niza siempre me pareció un lugar de ricos. Ahora está mi amigo, y como pasa con los lugares y las personas todo se vuelve después de un tiempo familiar. De todos modos, pensé que después de tanta historia de amor, me iba a acordar la hora en la que me tomé el primer tren a Génova. Pero no. Esas cosas pasan. Entonces pienso que me lo tomé temprano, a las 8 de la mañana. Lo levanté a Octavio con una caricia en el hombro ya que en la espalda supongo que habría confundido algunas cosas. Me puse el pulover blanco de lana con bolsillos, y metí las manos. Cuando Octavio se vistió, agarré la valija, una chica y negra, tipo maletín. Recuerdo que desde que la compré cada tanto me siento orgullosa de haber dejado la mochila en el anaquel de Decathlon en Francia, y aceptado que nunca fui ese tipo de viajera. Ahora entiendo que las prendas sin bolsillos y las valijas sin ruedas  nunca fueron mi estilo. A Octavio lo quiero, y hace mucho ya. Y es raro, porque si me pongo a hacer cuentas las veces que lo vi no llegan ni a levantar cada uno de mis dedos. Pero en realidad voy a dejar de dar vueltas y decir que las cosas son raras cuando vos y yo nos vimos 18 días, y hace un año que venimos pateando el amor, como se patean las pelotas -en general- para adelante.

Hace un año que venimos pateando el amor

A Octavio lo dejé a las 7:30 y le di un beso en la puerta, diciéndole que fue lindo verte y que tengas un buen viaje a Inglaterra. Mientras recorríamos el hall hasta la puerta, el espejo me devolvía la imagen de los dos, y yo pensaba si la admiración también la reflejan los espejos. Lo abracé. Nos abrazamos. Los dos sonreímos mucho en general así que nos despedimos como si fuéramos a vernos vaya a saber cuándo pero pronto. Me gusta que me diga que nunca sabe cuándo voy a aparecer, porque a pesar de que es cierto, también me gusta que me piense así. La próxima vez que vería a Octavio sería muchos meses después.

Antes de seguir con mi primer tren a Génova quiero contarles esto

Una noche, estando yo en Francia, en mi casa, Octavio me llamó para decirme que me fuera a Niza a verlo que había una fiesta. A la mañana siguiente me tomé el tren y unas horas después me suena el teléfono, diciéndome que era Octavio que llamaba de Roma, que había perdido el vuelo, que no llegaba hasta mañana, que me quedara igual en Niza que todos me iban a hospedar. Nunca pensé en todos, pero pensé en vos. Niza está a 3 hs de Génova, y ya me estaba poniendo a buscar los horarios de los trenes. Te escribí. Te dije que me había quedado varada y que iba a cruzar la frontera para verte, si vos también querías, que la intención no era interrumpir tu estudio y que la tesis, claro, era importante, con lo que sé que te cuesta terminar. Nunca me contestaste tan rápido, y entendí que todo te cerraba. Me ibas a venir a buscar a Ventimiglia con la camionetita verde, esa que nos iba a dejar varados unos días después en la ruta entre Génova y tu casa del mar. Recuerdo que me volví loca porque los trenes no hicieran su voluntad por una vez sino la mía, para no perderme ninguna conexión, para que sobretodo todas las conexiones llegaran a horario. Nada de eso pasó. Tengo la sensación de que corrí por estaciones y trenes, casi lloró cuando me dijeron que había paro y que todos tenían 4 hs de retraso. Me puse al frente de un grupo de mujeres francesas que también como yo querían llegar y a mi que me movías vos y que nadie me iba a frenar habiendo llegado tan lejos, les dije: chicas en este nos subimos como sea. Y como fue, nos subimos y viajamos como los polizones, entre risas y pidiendo champagne gratis, o cualquier otra cosa que pudiera indemnizar nuestros tiempos irrecuperables.

Cuando llegué a Niza ya casi estaba por verte, cuando me dijeron que el tren que me tenía que tomar era ruso y que no cruzaría a ningún extranjero por la frontera

No supe más nada de Octavio hasta que me despedí de mis mujeres saltando del tren con la valija prensada bajo el brazo. Corrí al tren, la última conexión y ya no más corridas hasta Ventimiglia y hasta tu camioneta. Llamé a Octavio para decirle que si no le parecía increíble, que nunca me había pasado en 3 años de vivir en Francia tomando trenes de aquí para allá, que justo el último fuera un tren ruso. Se rió, nos reímos. Ya lo había solucionado y esperaba un tren de medianoche que saldría en media hora del anden C en la estación de Niza. Recuerdo que la noche estaba pegajosa y que seguro eso era el mar e Italia que estaba cerca. Nos reíamos con Octavio por teléfono, él en su hotel 5 estrellas que le había arreglado la compañía aérea por los inconvenientes ocasionados, y yo en el banco de la estación con una sonrisa de oreja a oreja sabiendo que aunque con las ojeras hasta el piso, iba a verte. “Eres increíble Agustina”, me dice Octavio y yo me rio porque sé que me lo dice porque es eso lo que nos hermana. Le deseo un buen viaje para mañana, y que espero verlo pronto. Me abraza de lejos y me dice que disfrute, mientras yo miro los minutos que pasan lento en el reloj de la estación. Esa fue la última vez que al final no vi a Octavio. Y también fue la última vez que crucé la frontera para pasar la noche con vos.

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BAPhoto de Buenos Aires: el rapto sin preámbulo de las imágenes

La Rural, Buenos Aires, 18 hs.

Ya dejó de llover en Buenos Aires y la gente hace fila para comprar entradas. Los paso de largo y busco los carteles indicadores. Entre las carpas de un circo eventual, la arena de rodeos rurales y los salones de fiesta de la oligarquía porteña, encuentro la entrada al festival de fotografía internacional que acaba de llegar a la ciudad. Durará menos que el circo. Pero traerá también alguna magia.

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Ingresando al salón principal las exposiciones de galerías y autores derivan a derecha e izquierda. Empiezo a filtrarme por los primeros pasillos que llaman mi atención. Hay tantas imágenes que nos irrumpen que por un momento necesito reorganizar el paso. Detenerme y observar a consciencia. Entonces encuentro un retrato familiar, de un autor que ya había descubierto en la programación del evento. Mi primer encuentro es con una galería brasilera del sector “Special Rooms”: la Galeria Marcelo Guarnieri (www.galeriamarceloguarnieri.com.br), donde me acapara un retrato de Pierre Verger (1902-1996) hecho en Buenos Aires hacia 1940 y el trabajo fotográfico que testimonia su vida en la ciudad de Bahía. Los personajes y lugares de Brasil aparecen ínfimamente recuadrados. Las fotos son micro pero acercándonos percibimos la inmensidad de los detalles.Sin embargo sólo me paro frente en el retrato. Como a todo lo que nos admira y da miedo, primero lo miro desde lejos y luego impaciente me acerco. Mientras repaso los detalles que construyen la típica mirada etnográfica de Pierre Verger, encuentro algo que reconozco, casi instantáneamente, un típico gesto: ese labio que se mordían -y aún hoy- se muerden los porteños ante las ridiculeces de la vida.

Me despego de la imagen, comiéndome el labio, mientras pienso en lo absurdo y maravilloso que debe ser dominar la técnica de estar en el momento y el lugar adecuados.

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Pierre Verger, Av. De Mayo, Buenos Aires, 1942.

Sigo caminando y me frena la lectura de unos titulares en francés. Me acerco para ver algunas revistas que ilustran los casamientos de las monarquías. Dos ejemplares encerrados en una vitrina en medio de una pequeña muestra sin demasiadas pretensiones de la galería Prima Galeria (Chile). El gancho funciona y paso de las revistas a ver los retratos en las instalaciones posteriores. Entonces encuentro el trabajo fotográfico que Sergio Lorrain (1931-2012) hizo para la famosa cooperativa fotográfica Magnum en la década del ’60. A medida que avanzan las imágenes me doy cuenta que la curiosidad se vuelve exponencial, obligándome a buscar el explicativo recuadro donde en general se nos develan las historias. La muestra es sobre los retratos del “Capo di tutti”, jefe de la mafia Siciliana en 1959, y esto sólo lo sabemos luego de enterarnos de las mil y un peripecias que el fotógrafo atravesó -en un mundo aún fotoanalógico – para localizarlo sin gps. Luego de pasar un mes encerrado en la habitación de un hotel en Sicilia, rastreandolo sin éxito, consigue no sólo encontrarlo, caerle bien, y pasar días con él, sino la foto que le valdrá entrar con un pie firme en la agencia. Así los curadores de Prima Galería transforman la experiencia fotográfica en una película completa, de la cual salimos saboreando la victoria de las buenas elecciones. En la foto blanco y negro de formato vertical, vemos al jefe de la mafia acostado en la tangente transversa de un sillón, sin saco, en tiradores, desarmado en la hora de la siesta, sin guardaespaldas, sólo con la protección gratis de los pobres: la imagen del Sagrado Corazón en la pared lo vigila desde lo alto.

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Sergio Larrain, “Il capo di tutti”, Sicilia, 1959

Cuando ya nos llevamos un par de buenas sorpresas, nos acomodamos al ritmo de cualquier muestra. Y empezamos realmente a armar nuestras propias rutas. Terminé con los “Special Rooms” para llegar a la próxima parada en el “Sector Principal” donde se exponían 24 galerías.

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Me paseo entre algunos movilizantes desnudos, instalaciones lumínicas que alumbran fotos en cuadros, y dando la vuelta a la esquina zaz! Bonjour Paris. El trabajo de Ronaldo Calixto presentado por la Galerie Brésil (Brasil)(www.galeriebresil.com ) me sorprende, como el encuentro del mismo Ronaldo que charlaba ahí sentado en incomprensible brasilero. Cuando me le acerqué para felicitarlo me dí cuenta que también hablaba un excelente castellano. La obra de Ronaldo Calixto es simple: retratos de una ciudad mil veces retratada, París. Y aunque uno creería que ya es imposible que nos muestren una foto de la Tour Eiffel, del Sacre Coeur del barrio de Montmartre que no hayamos visto una y mil veces, las fotos de Calixto nos redibujan inexorablemente la experiencia. Le pregunto por la de la basílica, y él responde: “Estaba paseando por el barrio y simplemente la ví”. Simple. Sin entrar en detalles. Como hace la fotografía: el rapto sin preámbulo de las imágenes.

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Ronaldo Calixto, Miroir sous la Tour Eiffel, 2011

EL FOTO LIBRO Y LA 13° FERIA DE TIJUANA

El BAPhoto 2016 también fue una oportunidad para poner preguntas sobre la mesa. Como la insospechada supervivencia de los foto libros. Allí estuvieron debatiendo expositores y algunos representantes de la Feria Tijuana, organización que reúne y promociona editoriales independientes que se dedican aún hoy a la humilde y fetiche tarea de editar libros.

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Tuvimos la oportunidad de charlar un rato con Ana Wiza Fonseca la coordinadora de la feria quién nos contó de dónde vienen y hacia dónde van.

Contanos un poco acerca del origen de la Feria Tijuana y qué hacen hoy acá en el BAPhoto Buenos Aires

Salimos del Proyecto Tijuana que nació en el 2007, un proyecto de la Galeria Vermelho. Para los artístas que creaban libros faltaba un espacio para mostrarlos adecuadamente y entonce se creó un espacio en donde poderse sentar, ver el libro, en su tiempo, en un contexto que favorecía a esta producción de libros. Entonces con esto nosotros empezamos una feria. Al principio buscábamos editoriales para participar, y luego de un año hubo mucha más gente de la que podíamos soportar espacialmente. Por eso 4 años después salimos de la Galeria Vermelho para ocupar un edificio en Sao Paulo. De 15 mesas pasamos a tener 70, fue un cambio muy grande, había muchas editoriales y nos parecía importante tener más espacio para recibirlos. Ya son 4 ediciones que hacemos en este lugar y este año hicimos ediciones especiales fuera de Sao Paulo: realizamos Tijuana Lima, Rio, Porto y ahora en Buenos Aires Photo que es una edición especialmente dedicada a los foto libros.

Genial. Y,¿Qué tipo de autores y editoriales están presentando hoy acá?

Son editoriales de distintas partes de Latinoamérica que publican foto libros con características muy distintas, los que se dedican a la fotografía, o editoriales que buscan fotógrafos para publicar, otros que trabajan con material que ya existe, fotografías que se encuentran, se compran, de las cuales se apropian, el tema de la fotografía dentro del formato libro con una secuencia, una narrativa, una continuidad. Una propuesta que tiene las características de un libro, de circulación, de portabilidad, cómo la fotografía se inserta en ese formato.

¿Qué tipo de libros se venden más en el BAPhoto de Buenos Aires?¿Qué tipo de público hay?

Creo que por las galerías que hay acá hay un público de coleccionistas, entonces sería el libro de colección: alguna edición limitada, libros firmados.

¿Y la gente se preocupa por el precio de los libros o no es un problema?

Creo que es lo mismo que para las obras. Algunas veces por ser un libro se asustan porque no entienden que el libro es la propia obra no un libro sobre la obra, sino la obra en sí.

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